Dos recientes experiencias cinematográficas me han llevado a reflexionar sobre el incuestionable poder de la paciencia. Os cuento. Si bien –exceptuando Seven (1995)- no me agradan demasiado las películas de David Fincher, voy a ver El curioso caso de Benjamin Button con los mejores augurios, habida cuenta de la excelente impresión que me causó el tráiler de la misma. La primera mitad del filme me aburre soberanamente, dicho sea con todo respeto y franqueza. Me ratifico en mi parecer: admiro la sensibilidad plástica del cineasta, pero no logro participar de ésta. Al igual que en Zodiac (2007), me hallo ante una pulcra y elaborada recreación pretérita de todo punto ajena a mi entramado emocional. Pero hete aquí que la última hora del largometraje –nunca mejor expresado, atendiendo a sus 146 minutos de duración- me emociona por doquier, me conmueve indeciblemente, se me antoja decididamente portentosa. Así, Benjamin Button termina por ser una de las pelis que más me han gustado de los últimos años. Bellísima historia de amor. Id a verla; de veras merece la pena.
Otro tanto –si bien salvada una considerable distancia cualitativa- me ocurre con Valkiria, de Bryan Singer. Me entusiasmó en su día Sospechosos habituales (1994); empero, ninguno de los posteriores trabajos del director estadounidense me provocó excesivas alegrías. Pese a ello, y basándome, una vez más, en las imágenes promocionales de la propuesta, acudo al estreno de la susodicha albergando no pocas expectativas. Transcurridos los primeros 60 minutos de la cinta protagonizada por Tom Cruise, no puedo evitar pensar: “¡Qué bien que filma este tío, y, sin embargo, qué poquito me transmite!”. Tamaña sorpresa me aguarda: iniciada la dichosa Operación Valkiria, la narración, anodina hasta entonces, se carga de fuerza dramática; me tensiona, me mantiene en vilo; sobre el metraje revolotea una sutil y bien entendida influencia del cine de Alfred Hitchcock (véase al respecto el empleo del inserto). En suma, termino dándome de bruces con una buena película.Tales experiencias, por más que partan de realidades ficticias (al fin y al cabo sólo son películas) me revelan cuán a menudo mi juicio sobre personas, situaciones y cosas resulta precipitado, y, por ende, me hacen saber de la importancia de la práctica de la paciencia. Como dijo Manolo García, “Soy un estudiante de la vida al que siempre suspenden en primer curso”. En ello estoy, pues, aprendiendo, lidiando conmigo mismo, en pos de devenir mejor persona… Mucho curro por delante.
Feliz finde a todo el mundo.
PS: Tomàs, tengo muchas ganas de leer tu comentario respecto a Benjamin Button.






