domingo, 27 de septiembre de 2009

EL GRUPO SALVAJE DE TARANTINO

No tengo la menor duda: Malditos bastardos es una buena película. A ratos, si cabe, excelente. Así, la escena inicial y el episodio que discurre en la tabernucha, auténticos dechados de creciente tensión narrativa, dan fe, una vez más, de la apabullante creatividad de Quentin Tarantino. Sin embargo, la cinta protagonizada por Brat Pitt no puede equipararse, ni por remoto asomo, a ese portento fragmentado llamado Kill Bill. Tras acudir al estreno de aquél, tuve la inequívoca certeza de haber presenciado la obra de un genio sin paliativos; un derroche de talento sin parangón posible en el cine actual. Tres años después, en la irregular pero paradójicamente extraordinaria Death Proof, el cineasta estadounidense filmaba una virtuosa persecución de coches, así como un choque frontal mostrado desde diversas ópticas, que certificaban a las claras su impar inventiva visual. Puede que, en líneas generales, Malditos bastardos sea un largometraje más equilibrado que el susodicho aporte al programa doble Grindhouse. Empero, carece de los innovadores logros formales de éste. Más aún: apenas si he hallado en la última propuesta del autor de Pulp Fiction solución plástica o estructural alguna que no haya sido ya enunciada (y con harto superior inspiración) en alguno de sus anteriores trabajos.

No obstante, aguardo con anhelo su próximo proyecto: el margen de confianza es amplio.